¿ Qué significa la Educación en valores ?
Educación en valores
José
Antonio Marina Torres.
Catedrático
de Bachillerato.
Premio
Nacional de Ensayo.
Premio
Giner de los Ríos de Innovación Educativa.
La trasmisión de valores morales ha sido una
preocupación constante de todas las culturas, porque eran los encargados de
asegurar la supervivencia y el bienestar de las comunidades. Una larga historia
de equívocos y malentendidos es la responsable de que en este momento nuestra
cultura valore más la formación intelectual que la educación afectiva o moral.
Hasta hace muy poco tiempo, hablar de "educación moral" era una
redundancia tan absurda como decir "hielo frío" o "agua
húmeda". Pero en los dos últimos siglos las cosas han cambiado, y ya a
finales del XIX se vio la necesidad de implantar una educación moral, con el
objetivo de transmitir más eficazmente los valores cívicos, como contrapeso a
la cultura técnica y materialista. Se crearon entonces asociaciones para
promoverla, como la Liga para la Instrucción Moral, fundada en Inglaterra en
1897.
En la actualidad, se habla mucho de educación en
valores. Pero menos sobre lo que sean los valores y su justificación. Hablo con
muchos profesores de la secundaria y es fácil percibir en ellos un escepticismo
generalizado acerca de la posibilidad de elaborar una ética universal. Sospecho
que lo que se ha pretendido con el título "educación en valores" es,
precisamente, evitar hablar de "educación ética". Y me temo que
muchos profesores pretenden enseñar valores sin ética. De hecho, los programas
de estas enseñanzas más populares (por ejemplo, el de Kohlberg) acaban en un
relativismo más o menos disfrazado. Una visión crítica de las propuestas
actuales puede verse en el libro de María Victoria Gordillo, titulado
"Desarrollo Moral y Educación".
Lo máximo que se acepta es una moral cultural
propia de nuestra sociedad. La tolerancia se ha convertido frecuentemente en
una equiparación de todas las opiniones y creencias. Estas ideas, muy
posmodernas y muy de pensamiento débil, van a privar de contenido, entusiasmo y
eficacia, a toda al educación en valores prevista en nuestros planes de
estudio.
No es un problema exclusivamente nuestro, sino de
toda nuestra área cultural. Pondré solo dos ejemplos. El año pasado, Juan
Carlos Tedesco, director del Bureau de l'Educaction de la UNESCO, publicó
"El nuevo pacto educativo" (Anaya), donde decía que la crisis actual
de la educación es distinta de las crisis pasadas, y más grave, porque ahora no
sabemos lo que tenemos que enseñar, quien tiene que enseñarlo, que se puede
exigir y si hay algún valor que pueda transmitirse. En otro libro recientemente
publicado, "Profesorado, cultura y modernidad", de Andy Hargreaves,
el autor, un experto en sociología de la educación sostiene que una de las
principales dificultades de los profesores es que tiene que enseñar en un
tiempo que vive "el final de las certezas". Esta situación de crisis
reconocida nos obliga a no contentarnos con piadosas consideraciones sobre lo
importante que es una educación en valores, sino que tengamos que hacer un
serio esfuerzo de fundamentación.
Hay dos maneras de hablar sobre educación en
valores. Una de ellas da por supuesto que el contenido de los valores no ofrece
ninguna dificultad. Todos sabemos que la solidaridad, la tolerancia, el amor y
la amistad son buenos, y que la violencia, la envidia, la crueldad y la mentira
son malas.
Los psicólogos de la educación en valores nos dirán
que hay que dotar al niño de las destrezas necesarias para resolver los
problemas personales y sociales que obstaculizan las conductas adecuadas.
Defienden que la solución está en una pedagogía de las actitudes, en un
educación emocional. Como ejemplo mencionaré los resultados de un proyecto de
cinco años financiados por la W.T. Grant Foundation. Los investigadores
llegaron a la conclusión de que los elementos que debería cuidar una educación
afectiva son los siguientes:
Habilidades
emocionales: Identificar y etiquetar los
sentimientos, expresarlos, evaluar su intensidad, manejarlos, aplazar la
gratificación, controlar los impulsos, reducir el estrés, conocer la diferencia
entre sentimientos y acciones.
Habilidades
cognitivas: Hablarse a uno mismo, conduciendo un
diálogo interior como método para enfrentarse con un asunto o un reto, y para
reforzar la propia conducta. Leer e interpretar las claves sociales; por
ejemplo, reconocer las influencias sociales en la conducta y verse a uno mismo
en la perspectiva de una comunidad. Usar métodos para resolver problemas y
tomar decisiones, controlando impulsos, proponiéndose metas, identificando
acciones alternativas, anticipando consecuencias. Comprender las perspectivas
de los demás. Entender las normas conductuales (la conducta que es aceptable y
la que no ). Adoptar una actitud positiva ante al vida. Educar la
autoconciencia, por ejemplo, desarrollando expectativas realistas acerca de uno
mismo.
Habilidades
conductuales: Comunicación no verbal: a través de
contacto ocular, expresiones faciales, tono de voz, etc. Comunicación verbal:
hacer preguntas claras, responder efectivamente a las críticas, resistir las
influencias negativas, escuchar a los otros, ayudarles, participar en grupos de
personas positivas. (W.T. Grant
Consortiun on the School-Based promotion of Social Competence, "Drug an
Alcohol Prevention Curricula", en J. David Hawkins et al. Communities
That Care, (San Francisco: Jossy-Bass, 1992).
Según este enfoque, lo importante es proporcionar
al sujeto capacidades psicológicas para enfrentarse con los problemas, las
soluciones conflictivas y para realizarse personalmente. Muchas escuelas
psicológicas o psicoterapéuticas que ponen el énfasis en la autorrealización
(Fromm, Rogers, May, Maslow, etc.) consideran que una vez conseguida una
personalidad creadora, su propio dinamismo conducirá a la realización de los
valores debidos.
La segunda tendencia la he llamado jurídica.
Considera que lo importante es cumplir el deber. Que no se trata de sintonizar
psicológicamente con un valor, sino de tener la firma decisión de cumplir con
las obligaciones. Considera que el énfasis en los antecedentes subjetivos, en
el aprendizaje de destrezas, supone en el fondo una desconfianza en la
existencia de deberes o una desconfianza en la capacidad del ser humano para
tomar decisiones voluntarias. En todo caso, lo que había que enseñar a los
niños son dos únicas máximas de conducta: "El deber es el deber".
"Los deberes hay que cumplirlos". Cualquier análisis psicológico
resquebraja la rotundidad de estos preceptos. Bergson en su obra "Las dos
fuentes de la moral y de la religión" describe agudamente este
funcionamiento de las normas, que es el que tradicionalmente han impuesto las
sociedades a lo largo de la historia.
Estamos, pues, ante un interesante problema. ¿Basta
la presión social, la apelación del deber, para resolver los problemas de
conducta? Al insistir en la capacitación psicológica ¿no estaremos admitiendo
implícitamente que nuestra capacidad de decidir es débil o inexistente? ¿No
pretendemos forzosamente que elegir entre una llamada al deber, que nos
convierte en voluntades todopoderosas, y una comprensión psicológica, que acaba
por excusarlo todo?
Sin resolver estos problemas no podemos decir nada
sensato acerca de la educación en valores. Si tuviera razón la teoría jurídica,
al poner el énfasis en un educación afectiva estaríamos alejándonos de nuestra
meta en vez de facilitándola, ya que al psicologizar las decisiones fomentaríamos
de paso las justificaciones dolosas, las declaraciones de impotencia, el
descrédito del comportamiento voluntario. El asunto me parece de tal gravedad
que voy a plantearlo respecto de dos ejemplos muy actuales:
El primero de ellos es la educación para la
tolerancia. Es uno de los temas que están incluidos en las enseñanza
transversales de la LOGSE. Los programas que hay para fomentar la tolerancia
intentan crear hábitos apropiados, enseñando a detectar y a combatir el
racismo, favoreciendo cambios emocionales, fomentando una identidad basada en
la tolerancia, y en especial educando para la colaboración dentro del aula.
Todo ello parecería bien, sin duda, al defensor de la teoría jurídica, que, sin
embargo haría una crítica severa de los presupuestos del método. El concepto de
tolerancia que hay por debajo, nos diría es inadmisible. No hay nada que
"tolerar". Lo que hay que hacer es cumplir los deberes hacia los
demás, respetar sus derechos y punto. La misma palabra tolerancia está equivocando
las cosas. ¿Qué es lo que tengo que tolerar? ¿Lo malo? No. ¿Lo bueno? tampoco.
¿Los derechos ajenos? menos aún. La crítica del jurista continuaría diciéndonos
que si todo lo reducimos al aprendizaje de habilidades psicológicas, también
habría que educar para respetar la propiedad ajena, la naturaleza, la
información, para ser educado en casa, para no dejarse llevar por la violencia,
para no ser imputual, etc. etc. etc. Si cada una de esas situaciones exigen una
adecuada educación afectiva siempre estaríamos en precario, porque tal vez
hubiera un problema para el que nos hubiéramos proporcionado las destrezas
psicológicas adecuadas. Y cualquiera podría aducir que no las había aprendido.
La única educación ha de ser de tipo muy general: los deberes están para cumplirlos,
diría el jurista.
El segundo tema son las drogadicciones.
Según Bickman hay cuatro modelos de interpretar la situación adictiva. Cada uno
de ellos exigiría un tipo distinto de educación preventiva.
1.- Modelo
moral: se supone a la persona responsable tanto en la iniciación del
problema como de su resolución. La adicción es considerada un signo de
debilidad de carácter y a los adictos se les urge a ejercer una mayor fuerza de
voluntad para superar sus faltas. Aunque este modelo encuentra hoy poco apoyo
en la literatura científica sobre las adicciones, ha sido en momentos no
lejanos el enfoque dominante.
2.-
Modelo de esclarecimiento: se entiende que la persona es
responsable del desarrollo de la adicción, pero se la considera incapaz de
cambiar sin ayuda de una fuerza superior. El cambio solamente es posible si el
control personal se delega en un poder o entidad colectiva superior, como la
que puede representar los diversos grupos de autoayuda.
3.-
El modelo médico surgió como alternativa a la orientación
culpabilizante de la víctima, común a los dos modelos anteriores. Pese a sus
ventajas (las personas pueden buscar ayuda sin sentirse culpables) presenta
problemas. En concreto, este modelo no puede dar razón de los rasgos comunes en
las adicciones. Además, puesto que se sugiere que los individuos no son
responsables del cambio de su conducta, queda sin explicar cómo y por qué
muchas personas pueden superar su adicción sin tratamiento profesional, o por
qué los drogodependientes pueden beneficiarse de un amplia gama de
orientaciones terapéuticas diferentes.
4.-
Modelo compensatorio. A los individuos no se les
considera responsables del desarrollo inicial del problema, puesto que su
etiología implica factores biológicos y de aprendizaje que en cierto modo escapan
a su control, pero se les supone capaces de compensar la adicción tomando un
papel activo en el proceso de cambio.
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